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Un colegio es dirigido por sus propios alumnos

La institución Mecchai Pattana queda en Tailandia y los estudiantes están a cargo de labores que en otras escuelas están reservadas únicamente para los mayores de edad.

Mundo 20 de junio de 2024
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La escuela Bamboo es obra del activista social y político retirado tailandés Mecchai Viravaidya.

Cuando los 150 alumnos del internado Mecchai Pattana de Tailandia terminan de comer, hacen una larga fila para usar el lavaplatos y cada uno friega sus cacharros. Normalmente, dos de los alumnos mayores (un chico y una chica en el momento de la visita de William Kremer para el programa People Fixing the World de la BBC) supervisan que los platos de sus compañeros queden bien lavados.

Según Kremer, los supervisores pueden ser despiadados. 

Diferente porque en la Mecchai Pattana, también conocida como escuela Bamboo, son los alumnos los que están a cargo de labores que en otras instituciones estarían reservadas únicamente para los mayores de edad. 

“Gente buena y decente”

La escuela Bamboo es obra del activista social y político retirado tailandés Mecchai Viravaidya, a quien se le conoce también como el “rey de los condones” de Tailandia.

Viravaidya se hizo famoso en el país durante la década de los años 70 con sus campañas para promover el uso del preservativo en un país que veía cómo las tasas de natalidad estaban disparadas en medio de la pobreza extrema.

Una nación que, además, veía cómo una naciente epidemia de VIH/sida empezaba a crecer de manera exponencial. Se dedicó durante años a recorrer las poblaciones más empobrecidas del sudeste asiático haciendo todo tipo de juegos y trucos para que la gente relacionara los condones con la diversión.

Su idea era que, al familiarizar a las personas con los preservativos, éstos se convertirían en un producto más de la canasta de la compra, como la pasta de dientes o el jabón.

Convencido de la importancia de la educación como herramienta del progreso, hace 15 años Viravaidya fundó la escuela Mecchai Pattana con un objetivo claro: “Queremos gente que sepan ser personas buenas, decentes, honestas, dispuestas a compartir y que sepan solucionar problemas”.

Todavía a sus 83 años de edad, Viravaidya está íntimamente involucrado con la escuela y, a través de una organización de beneficencia, le provee los fondos necesarios para poder funcionar.

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Cambiando el sistema

“Esta escuela logra ser bastante convencional en algunas cosas, pero absolutamente radical en otras”, explica William Kremer, el reportero.

Esta idea de servicio a la comunidad es una parte tan fundamental de la escuela Bamboo, que si un estudiante es aceptado en la institución, el pago que sus padres deben hacer no será monetario; en cambio, la institución requerirá que los asistentes cumplan con 400 horas de servicio comunitario y siembren 400 árboles cada año.

Pero la idea que, sin duda, resulta más radical es aquella de que los estudiantes “manejen” su propia escuela, comenta Kremer.

Cada uno de los 10 subcomités que conforman los alumnos toma decisiones con respecto a las distintas responsabilidades que el manejo de la escuela exige, incluyendo temas tan fundamentales como la disciplina de los otros alumnos, definir el presupuesto o decidir quiénes son aceptados en la institución.

Y aunque todas las decisiones de los subcomités deberán pasar por la aprobación de las directivas del colegio, lo importante es darles voz a los alumnos en los temas que los afectan directamente, como la calidad de los profesores o los servicios que presta la institución.

“O si no sería como ir a un restaurante y no tener voz con respecto a la calidad de la comida”, explica Viravaidya.

Un “tour” por los comités

Para entender el funcionamiento de los subcomités, Kremer empezó entrevistando a una alumna de 17 años, miembro del subcomité de auditorías.

Su trabajo es el de revisar cuidadosamente las compras hechas por los miembros del subcomité de compras -un grupo de alumnos que, acompañado por un miembro administrativo de la escuela y un conductor, compra la comida de los 150 alumnos del internado- luego de que se descarga el camión.

La joven estaba revisando la lista de precios cuando le dijo a Kremer lo que esta labor le enseña: “Siempre me interesó la contaduría, así que me emocioné cuando me tocó llegar a hacerlo de verdad con las cosas que la escuela realmente está comprando. En la escuela anterior era solo clases y a la casa, aquí tengo la oportunidad de obtener experiencia real y puedo mejorar mis habilidades de liderazgo con mis amigos, es increíble”.

Otro subcomité interesante es el de admisiones, encargado de definir si los nuevos alumnos y los nuevos profesores se adaptan al espíritu de la escuela Bamboo.

Kremer, además, pudo asistir a la entrevista que llevó a cabo este grupo de alumnos -junto a dos profesores- para considerar el ingreso de un chico de 15 años al colegio Bamboo. “Los estudiantes se turnaron las preguntas en una atmósfera cálida y alentadora. Cada panel de admisiones consiste en seis alumnos y dos maestros. Todas las opiniones se tratan igual”, aseguró Kremer, luego de ver que al chico le habían ofrecido un puesto en el colegio.

Al entrevistar a uno de los miembros del comité encargado de la entrevista de admisión, el estudiante le explicó a Kremer qué le había llamado la atención del candidato. 

Ayudando a muchos

Como la escuela Bamboo no cobra dinero para ingresar, muchos de los internos vienen de familias de escasos recursos. Incluso, como lo pudo comprobar Kremer, la escuela Bamboo recibe alumnos que pueden considerarse “sin nacionalidad”, como es el caso de Kim.

Kim pasó gran parte de su niñez en orfanatos, luego de que sus padres -nacionales de Myanmar y Camboya- la hubieran abandonado cuando era bebé. La nacionalidad de sus padres le impide ser registrada como ciudadana tailandesa.

Su trabajo, el de supervisar el intercambio de dinero por cupones, comprar provisiones y revisar existencias, le ha hecho pensar en la posibilidad de cultivar y exportar frutas cuando se gradúe. 

Democracia y jerarquías

Las decisiones que toman los subcomités, en últimas, deben ser aprobadas por el Consejo Estudiantil y, por supuesto, por las directivas de la escuela. Pero son decisiones serias: el comité ha acordado castigos tan severos como sacar a estudiantes de algún subcomité, la suspensión temporal de alumnos de la escuela o, incluso, la expulsión de algunos compañeros.

Y es aquí donde los alumnos reconocen sus limitaciones. Kremer habló con el presidente del Consejo Estudiantil, quien le dijo que se han tenido que asesorar en algunas de las decisiones más polémicas.

A lo mejor es ese sentido de responsabilidad por algo que es propio lo que motiva e impulsa a los alumnos de la escuela Bamboo. O, según dijo el presidente del Consejo Estudiantil, puede ser la idea de que a través del trabajo se puede ser mejor persona.

“Yo fui un niño problemático”, le dijo a Kremer el joven de 18 años, “pero cuando llegué a esta escuela empecé a cambiar mi mente”. “Hay veces que no podemos salir a pasarla bien todo el tiempo. A veces, hay trabajo que hacer”.

Fuente: BBC.

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